Lunes de terror: Asesinó a sus hijos y a la niñera

El asesinato de tres niños de familia coreana y una niñera paraguaya hasta el momento quedó impune. El principal sospechoso está prófugo. Se presume que está en China.

Delia caminaba por la calle Padre Cassanello, en el barrio San Vicente de Asunción, conversando distendidamente con Jesebel, la sobrina de su patrona. Ambas volvían de hacer algunas compras en el supermercado.

Eran las 10.30 de la mañana del lunes 19 de diciembre de 2005, el calor húmedo les hacía sentirse incómodas y ambas ya querían llegar a casa.

Cuando giraron en la esquina para llegar a destino, ya estando a unos pocos metros, Delia vio a un hombre con rasgos orientales tocando el timbre con insistencia frente a la casa de una familia que ella solía frecuentar.

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A medida que se fue acercando a aquella misteriosa figura, observó con detenimiento el kepis blanco que llevaba, su camisa mangas largas con rayas verdes y el gesto que hacía para sacar del bolsillo de su pantalón un manojo de llaves que usó para abrir uno de los portones de la casa, ubicada en el 1963 de la calle Pampa Grande casi Luis Casanello.

El rostro del hombre le resultó conocido, se parecía mucho a Rubén, uno de los niños que vivían en la casa, según ella misma declaró después a la Fiscalía.

Quiso saludar, pero luego desistió de la idea; el hombre tampoco le habló, y ella continuó la marcha junto a la niña que la acompañaba.

El oriental del kepis blanco entró al lugar como si fuera su dueño y encontró en su cama a Yae Hun Nicolás Lee Yi, de tres años, entretenido mientras su niñera, Antonia Beatriz Bauer de Pesoa, ya estaba empezando a preparar la comida, que tenía que estar lista cuando llegaran Seung Hun Rubén Lee Yi (11), Young Hun Eduardo Lee Yi (10), los otros niños que están bajo su cuidado, que siempre venían con hambre de la escuela.

Máxima seguridad. La madre de los niños, Yun Lee Yee, que por esas horas estaba trabajando en el Mercado 4, le daba estrictas órdenes a Antonia de no abrir la puerta a nadie.

Por eso le confió las llaves holandesas para acceder a la casa, que tenía solo dos manojos; uno quedaba con ella y el otro lo tenía Jae Ho Lee, marido de su patrona, que había ido a trabajar a Brasil.

Esa buena mujer que venía todas las mañanas desde Ypané y ese día estaba cumpliendo 41 años, se sorprendió al ver atravesar la puerta a ese hombre que tenía las mismas facciones de los niños a los que ella cuidaba día a día y que, sin hablarle, comenzó a escribir el final de sus días, en el día de su cumpleaños.

Comenzó por desconectar el cable del teléfono de la línea baja y a manotear un cuchillo de la cocina.

El escalofrío ya había tomado el cuerpo de la empleada, que llevaba una remera con cuello de color blanco y unos pantalones a rayas azules que le llegaban hasta la rodilla. Ya sabía que se encontraba cara a cara con la muerte y las posibilidades de zafar eran pocas; aun así, intentó salvarse. Se enfrentó con su agresor, que no era más alto que ella, pero era dueño de una fuerza fiera y determinante.

Alcanzó a dejarle algunos rasguños, mas las 18 puñaladas que recibió en distintas partes del cuerpo acabaron con sus fuerzas. La dejaron tendida en el piso, ya sin vida. El asesino luego fue donde el pequeño Nicolás y lo estranguló hasta matarlo. Pacientemente esperó que vengan los otros dos niños que llegaron pasadas las 16.00.

Seung Rubén fue a bañarse mientras su hermano Young Eduardo se cambiaba de ropa en su habitación, cuando sintió que alguien le ataba las manos con pañuelo y la boca con una corbata, que era de su padre, y solo su padre sabía dónde se guardaba. No pudo gritar ante las 18 puñaladas que recibió.

Su hermano llegó a sospechar lo que pasaba e intentó defenderse con un cúter, que cayó en el azulejo del baño junto al agua de la ducha mezclada con su sangre, convirtiéndose en la cuarta víctima de ese asesino serial.

“Las puñaladas eran como un mensaje”, recordó 13 años después el comisario Néstor Sosa, que llegó al lugar y se encontró con esa macabra escena.

Se salvó de morir
Para cuando llegó la Policía a la casa, ya se había juntado mucha gente frente a ella. Eran personas que habían escuchado gritos de auxilio y que ayudaban a la madre de los niños a tratar de ingresar por la fuerza a la vivienda, derribando uno de los portones. Para entonces, el que cometió el crimen ya había huido del lugar. “A la mujer la salvaron los vecinos, porque ella también podría haber sido asesinada”, recordó el investigador, que sostiene que luego de haber trabajado en más de 3 mil casos, cayó en la cuenta de que no existe el crimen perfecto.

Un equipo liderado por el comisario Sosa comenzó a hurgar en busca de alguna pista que les llevara hasta el autor de la masacre. “Hablamos con los vecinos, que nos dijeron que alguien que llevaba kepis blanco entró a la casa por la mañana. Revisando la casa, encontramos una foto de un hombre con una gorra similar a la que nos describieron, sosteniendo en su regazo al más pequeño de los niños; era el padre de ellos”, relató con la voz entrecortada el policía, hoy retirado.

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Desde entonces, una catarata de pruebas se presentó contra Jae Ho Lee, padre de los niños y principal sospechoso del macabro crimen, que llegó consternado a su casa en la noche de ese lunes de terror, abriéndose paso entre la comitiva policial y la multitud de curiosos, entre los que se encontraba Delia, quien aseguró haberlo visto ese mismo día, por la mañana.