Como trates a tus hijos los marcará para toda la vida

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Ya antes de que tu hijo nazca oirás consejos y recomendaciones de todo tipo. En el curso pre-parto te dirán algunas, en las revistas especializadas, otras.

Y todas harán hincapié en un tema central: el tipo de vínculo que generarás con tu hijo. ¿Lo abrazarás mucho? ¿Cuánto contacto conviene tener? ¿Cuánto cariño es bueno darle? El tipo de vínculo que tengas hacia él y la forma en que lo trates lo marcarán para toda la vida.

Por supuesto, ¡es fundamental que esa idea no nos aterrorice! “No hay por qué perder la calma”, dice la psicóloga Fabienne Becker-Stoll. “Por lo general, la unión entre los padres y el bebé se desarrolla de un modo totalmente natural”, explica. El contacto cariñoso y la atención que se le presta a un lactante suele ser el fundamento de esa unión, que es de una relevancia enorme para el desarrollo del bebé.

Al comienzo el niño necesita muchísima atención y protección. Eso de por sí exige una unión muy fuerte hacia sus progenitores. Luego, con el tiempo, esa necesidad va cediendo y el vínculo puede ir tomando otras formas. Pero los primeros momentos serán fundamentales, porque el niño, al haber experimentado esa seguridad, podrá confiar en sí mismo y probar cosas por su cuenta.

Desde luego que no siempre es un lecho de rosas. Todos quisiéramos estar rodeados siempre de seguridad y protección, pero no siempre sucede como querríamos. Inga Nawin nos cuenta que “tenía unas ganas inmensas de tener un parto natural y poder abrazar y darle cariño a su bebé” cuando se embarazó por primera vez a los 39 años. Pero el proceso fue algo distinto de lo que ella imaginaba.

Tuvo contracciones, pero no comenzaba el trabajo de parto. Le dieron calmantes que le generaron efectos colaterales bastante fuertes y luego tuvo que ir a cesárea. No pudo alzar inmediatamente después a su bebé, Paul, porque estaba muy golpeada por la medicación. “Lo importante es que las madres no tengan miedo en esos momentos ni piensen que están echando todo a perder”, advierte Becker-Stoll.

“Las primeras horas después del parto no definen todo. El vínculo y la unión entre padres e hijos se desarrolla en el correr de períodos más prolongados”, explica. La experta apunta que lo decisivo son las experiencias de los primeros diez meses de vida, cuando el bebé define quién es la persona a la que sigue y de la que depende, no importa si es el padre, la madre, un abuelo u otra persona.

Inga logró tener ese lugar con su hijito. “Aunque no pude estar tan presente en los primeros meses, nunca dudé de que eso estaba siendo así”, recuerda ahora que tiene tres hijos. Ella no podía imaginar amamantar a su bebé cuando nació y decidió no hacerlo. “Me parecía algo imposible. Le tenía rechazo a la idea”, cuenta. Escuchaba por todas partes que era sumamente importante amamantar, y que era un momento fundamental para generar un vínculo con los hijos. “Pero no es así”, sostiene Becker-Stoll. “Amamantar no está necesariamente relacionado con tener un buen vínculo o más unión con los bebés”, asegura.

Ella cree que lo primordial es darles atención, cariño a través de alguna caricia y el contacto con la mirada. “Si eso está, no hace tanta diferencia si uno lo amamanta o le da la mamadera”, dice la especialista.

¿Qué pasa con los niños que no tienen la oportunidad de experimentar un vínculo que les dé seguridad? ¿Les cuesta más lidiar después con la vida? “No necesariamente”, opina Becker-Stoll. Según ella, el vínculo se va gestando a través de diversos factores y no tiene por qué quedar roto porque haya fallado algo. Los padres no tienen que tener una exigencia de perfección permanente consigo mismos. “Claro que si en algún momento se enfadan mucho con sus hijos eso no implica que el vínculo quede roto”, intenta tranquilizar la psicóloga.

Es importante ser consciente de que marcamos a nuestros hijos con el modo en que los tratamos, la atención que les damos o les dejamos de dar, la contención que les ofrecemos. Pero no tenemos que dejar de actuar también con naturalidad.