“Vestite y andate”: la incomodidad del postsexo

Después de una noche de placer, te pide un taxi. ¿Por qué tantos varones tienen esa actitud? ¿Qué lleva a muchas mujeres a preferir quedarse, dormir juntos y hasta compartir el desayuno? Las respuestas van desde las diferencias fisiológicas hasta la falta de respeto.

por Dr. Walter Ghedin

Los últimos gemidos después del orgasmo son acompañados por la relajación del cuerpo y una vuelta de la conciencia a la realidad. ¿Y ahora qué? ¿Me quedo o me voy? ¿Cómo hago para decirle que me encantaría quedarme? O bien se confirma una intuición: seguramente me pide un taxi y me despide en la puerta de su edificio con la clásica frase: “mañana te llamo, cuidate”.

¿Sos como yo creo que sos?

La conquista amorosa se basa en una serie de emociones y conductas que tienen como fin conocer al otro, conocerse uno mismo en esa nueva historia amorosa y, simultáneamente, configurar un vínculo. Sin embargo, por más original y sorprendente que sea la experiencia, siempre existen preocupaciones y temores que se reiteran, sobre todo después de haber tenido un recorrido amoroso con algunas decepciones.

Existen estereotipos sociales que se anteponen en la percepción del otro y condicionan el devenir del vínculo: “es un narcisista”, “es un histérico”, “es un nene de mamá”, “es un pesado”, “es un chamuyero”, “es un esclavo del trabajo”, etc. Muchas veces el alerta -o el rechazo- que provoca un rasgo de comportamiento engloba a toda la persona. Por ejemplo, que alguien muestre interés y se tome sus tiempos para avanzar no lo hace histérico; ni aquel otro, que vive aún con sus padres, se convierte necesariamente en dependiente de ellos. No siempre el árbol define al bosque ni un botón es suficiente como muestra.

En el comienzo, o en la continuidad de toda relación -y mucho más en las amorosas-, interpretar las conductas del otro con ideas preconcebidas o supuestos impide una percepción más clara u objetiva de lo que está sucediendo, excepto que las conductas sean demasiado evidentes o se vulnere la integridad física o psíquica.

La cama define

Pasar a la cama debería ser una aventura placentera, prolongación necesaria de otros disfrutes que se han ido descubriendo. Sin embargo, el encuentro sexual se constituye en una “prueba” que se debe atravesar, incluyendo lo que suceda después del orgasmo. No importa si la relación apunta solo a un momento de placer o a la continuidad de la misma. Lo que suceda en el postorgasmo será un indicador más de la conducta masculina.

Desde el punto de vista de la fisiología sexual se denomina período refractario a la etapa de relajación y caída del deseo que ocurre después de la respuesta orgásmica. En los hombres jóvenes es breve, lo que les permite seguir teniendo sexo luego de un corto tiempo de descanso, y en los hombres adultos se prolonga.

En las mujeres el periodo refractario es muy laxo y puede no aparecer, dada la capacidad de tener varios orgasmos. Por lo tanto, la fisiología femenina las predispone a seguir en contacto con el otro, manteniendo el deseo sexual y/o con ganas de seguir un tiempo más juntos.

Ahora bien, que los hombres tengan período refractario no justifica ciertas conductas carentes de afecto o de respeto hacia la compañera que hasta hace un momento los hacía gemir de placer. Darse vuelta en la cama y dormir, encender el televisor como si nada hubiera ocurrido, o despedirla en la puerta con un “mañana te llamo” no son conductas estimulantes para el vínculo y mucho menos para la estima femenina.

Comunicar es fundamental

La palabra sincera elimina los supuestos. Si bien el encuentro sexual merece espontaneidad, dejar de lado las preocupaciones y estar centrados en las sensaciones placenteras, no está de más poner ciertas pautas antes de “ir a la cama”. Hay hombres que, acostumbrados a vivir solos, no quieren que nadie irrumpa en su mundo más allá de unas horas. Otros interpretan que quedarse una noche juntos es generar alguna esperanza, y existen otros que son cautos y avanzan sin apuros.

También las mujeres ponen sus reparos a la hora de acostarse: no quieren compromisos, hacen valer su autonomía y, aunque se queden con ganas de más, prefieren que las cosas se den gradualmente. Hablar y decir: “me gustaría que te quedes”, “ni a tu casa ni a la mía, vamos a un hotel” o “me gusta dormir solo” son algunas de las frases que ellas quisieran escuchar antes de llevarse sorpresas inesperadas.